Editorial 533 | El telón y el espejo
- Hay políticos que buscan un telón para ocultar el pasado y se encuentran con un espejo
El ceatro Cervantes lleva décadas en el mismo lugar. Ni ha cambiado de dirección, ni ha aparecido por generación espontánea durante la última semana. Sus telones tampoco descendieron del cielo hace quince días. Sin embargo, el reprobado y cesado exalcalde de Béjar, Luis Francisco Martín (PP), ha protagonizado uno de esos prodigios reservados para la política. Ha descubierto ahora un peligro que convivió con él durante al menos 13 años.
No hablamos de un vecino recién llegado. Hablamos del hombre que gestionó el teatro durante 11 años. Del hombre que ocupó la Alcaldía durante 2 años. Del hombre que fue concejal de Cultura cuando se reinauguró en 2001, y que hoy levanta el dedo acusador hacia un escenario sobre el que ayer ejercía autoridad.
La imagen posee una belleza literaria irresistible. El vigilante sale de la torre y, desde la plaza, anuncia alarmado que nadie vigilaba la torre.
Martín habla de telones sin certificación ignífuga desde hace 25 años. Habla de responsabilidades civiles. Incluso penales. Las palabras resultan tan solemnes como explosivas. Uno espera, casi por instinto, la aparición de informes técnicos, expedientes, requerimientos, inspecciones o escritos registrados durante aquellos 11 años de su propia gestión. Algo. Un papel. Una firma. Un sello. Una advertencia. Silencio. Los archivos administrativos tienen una virtud extraordinaria. No entienden de discursos. Sólo coleccionan hechos.
El alcalde, Antonio Cámara (PSOE), respondió con una tranquilidad devastadora: El teatro Cervantes reúne todas las condiciones de seguridad. Ningún informe técnico respalda el retrato catastrofista dibujado por Martín. Ningún documento acredita la existencia de esa secuenca apocalíptica.
Y ahí la función alcanza su mejor escena. Porque Martín ha construido un discurso del que resulta imposible escapar sin despeinarse. Si el teatro presenta un riesgo tan grave como proclama, su propia gestión queda atrapada bajo el peso de esa denuncia. Trece años ofrecen tiempo suficiente para algo más útil que descubrir el problema cuando otro ocupa el despacho.
Hay personajes literarios empeñados en regresar al lugar del crimen para dirigir la investigación. Primero administran el decorado. Después abandonan el edificio. Finalmente regresan convertidos en expertos forenses de las grietas que nunca encontraron mientras tenían las llaves.
Cuesta aceptar lecciones de prevención impartidas por quien pasó 11 años entre bambalinas sin descubrir la función que ahora dice contemplar horrorizado desde el patio de butacas.
La memoria posee una mala costumbre. Nunca compra entradas para el estreno. Ya estaba sentada en la primera fila desde el primer acto.
Y cuando baja el telón, el público distingue con facilidad a quienes pretenden disfrazarse de bomberos mientras todavía llevan en los bolsillos las llaves del cuarto donde, según ellos, comenzó el fuego. En política existen muchas máscaras y la hemeroteca siempre acaba retirándolas.

