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Editorial 529 | El fiscal propone; el juez dispone

  • La partida no ha terminado y el tablero sigue en juego

En este país basta una frase corta para montar una verbena: “La Fiscalía no ve delito”. Y ya está. Campanas al vuelo, absoluciones de saldo y un carpetazo imaginario en mitad de la plaza. El veredicto mediático se sirve caliente, sin masticar y con sonrisa de autosatisfacción. Rápido, limpio, reconfortante. Y, como casi todo lo que reconforta tanto, sospechosamente prematuro.

Pero la letra pequeña —esa invitada que nunca baila— cuenta otra cosa. La Fiscalía habla desde su esquina, con lo que tiene y cuando puede. Su criterio pesa, claro; faltaría más. Marca el paso, sugiere el compás, pone música al relato. Pero la partida no ha terminado y el tablero, por desgracia para los impacientes, sigue en juego.

Hay un detalle que no luce en los titulares y, por eso mismo, incomoda: El fiscal propone; el juez dispone. Es el juez quien abre, estira y, si hace falta, retuerce el hilo de la investigación. Donde unos ven un punto final, el juzgado puede leer apenas un punto y seguido. Ahí es donde aparecen las costuras mal rematadas, los flecos que nadie quiso ver, los giros que convierten el brindis en carraspeo.

El entusiasmo precoz rara vez es inocente. Se inocula una idea, se repite hasta que parece propia y se amplifica hasta que ya nadie recuerda de dónde salió. La sospecha se evapora y el caso se entierra antes de tiempo en la conversación pública. Todo muy eficaz. Todo, también, peligrosamente provisional.

Mientras tanto, la justicia avanza a su aire, que no es el de las tertulias. Menos ruido, más papel; menos consignas, más diligencias. Y en ese ritmo parsimonioso —casi irritante para quien exige finales exprés— caben sorpresas. Papeles que aparecen donde no debían, interpretaciones que se dan la vuelta, indicios que engordan cuando se les deja respirar.

Quizá por eso convenga afinar también la puntería a la hora de denunciar. No siempre la vía más eficaz es la Fiscalía, que filtra, ordena y prioriza. A veces, la ruta más acertada —y más fértil— es la judicial: Acudir directamente al juzgado para que sea un juez quien instruya, quien practique diligencias y quien, con la distancia que da el expediente completo, decida si hay o no recorrido. No es un atajo; es, precisamente, el camino largo que permite que las preguntas incómodas no se queden sin formular.

Por eso conviene no venirse arriba con el primer redoble. Echan las campanas al vuelo por una causa, con otras tantas todavía pendientes. Celebrar ahora es como levantar la copa en el descanso de un partido que aún puede torcerse. Queda tiempo, quedan jugadas y queda margen para que la historia, tan dócil hace un minuto, decida ponerse incómoda. Entonces, el eco de las campanas —tan festivo, tan seguro— empieza a sonar, de pronto, a otra cosa.

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